LA BARCELONA ROMANA

 

 

“Aguas pletóricas de vida vienen a la urbe por sus viejos acueductos, danzan en los pilones de piedra blanca de sus numerosas plazas, se vierten en vastos y profundos estanques: su rumor diurno se vuelve canto durante la noche, que es aquí majestuosa y estrellada, suave bajo la caricia de los vientos. Hay aquí jardines, inolvidables avenidas, escalinatas concebidas por Miguel Ángel, amplias como cascadas, con peldaños que nacen uno de otro a modo de olas”.

Reiner Maria Rilke.

Cartas a un joven poeta, en  “Los romanos y el agua”.

Alain Malissard.

 

En épocas remotas, la gran extensión que hoy ocupa la ciudad de Barcelona   no presentaba  la actual configuración geográfica. Según eruditos historiadores, en la antigüedad el mar se adentraba hasta las inmediaciones  de la catedral.

 

Retrocedamos hasta un determinado momento de la época  prerromana en que una gran extensión de terreno, conocido como el Llano de Barcelona, quedaba respaldado por la sierra de Collserola, cuya cima más elevada, la del Tibidabo, alcanza los 512 metros de altitud sobre el nivel del mar; siguiéndole en altura descendente  las de Valldaura, Sant Pere Màrtir (mont d’Orsà), y Puig Aguilar.

 

Dicha sierra, la de Collserola, en su vertiente mediterránea presentaba un grupo de colinas conocidas por los  nombres del Turó de la Peira, de la Rovira o Montanya Pelada, del Carmelo, del Putget y de Monterols, así como la de Montjuïc de 173 metros de elevación. Y para completar esta orografía, en el límite occidental el Llobregat y el Besós en el oriental.

Cayo Julio César Octaviano Augusto, primer emperador romano.

"Historia de la Humanidad"

Ediciones Deusto

 

De los siglos IV-II  a. C. se hallaron restos de poblados iberos, desde  los cerros de Collserola al mar y del Llobregat al Besós. El más importante de esos asentamientos se ubicaba en la montaña de Montjuïc, posiblemente aprovechando su altura y la cercanía de un puerto natural.

 

Descartando la leyenda de que Barcelona fuese fundada por el general cartaginés, Amílcar Barca, hecho éste carente de fundamento histórico ya que hemos de suponer improbable que el pacto entre Cartago y Roma de no traspasar la frontera del Ebro se rompiese, debemos ceñirnos a los testimonios de la arqueología y a lo que nos enseñan los escritores clásicos latinos.

 

En el siglo I d. C., el autor hispanorromano, Pomponio Mela, en su obra “Chorografia” (Corografía) y Plinio, naturalista y escritor latino, en “Naturalis Historia” (Historia Natural), dicen que se trataba de una ciudad pequeña amurallada, como otras cercanas a la costa: Blandae (Blanes), Iluro (Mataró) y Baetulo (Badalona);  y que Barcino era una Colonia a la que llamaron Faventia”; y aunque de reducidas proporciones, adquirió un gran desarrollo durante todo el siglo II. Los monumentos y la gran variedad de inscripciones descubiertas en posteriores excavaciones, así lo atestiguan.

 

Fue en el siglo I d. C., en un montículo de unos 15 metros denominado monte Táber, en la orilla de la playa, donde hoy se ubica la catedral, en tiempos del emperador romano Augusto se otorga el título de Colonia Lulia Augusta Paterna Faventia Barcino a un asentamiento urbano que allí existía. Barcino, aún sin  el esplendor de la imperial Tarraco supo, con el esfuerzo de su gente,  a lo largo de los tiempos, elevar Barcelona a la categoría de una moderna ciudad, comparable con las mejores de Europa.

 

“Esta ciudad que acaso existió en tiempos prerromanos recibió, sin duda,  una estructura romana en tiempos de Augusto, pero conservaría el espíritu comercial de fenicios y cartagineses que estos injertaron, sin duda, en las tribus indígenas. Podríamos imaginar la “urbs” del siglo II cruzada de calles y llena de edificios públicos y privados; los primeros, solemnes y ricos, y los pertenecientes a los grandes personajes de la ciudad, dotados de grandes patios, estancias y jardines. Es en aquella ciudad donde encontramos el “forum” con docenas de estatuas e inscripciones honoríficas, las termas con mosaicos; hornacinas con esculturas; grandes avenidas que daban a las vías exteriores de la ciudad flanqueada de tumbas monumentales. Alrededor de la ciudad, algunas villas, amplias y ricas. El perímetro de esa ciudad no es fácil de determinar, pues nos son desconocidas sus murallas”.

(Barcelona, dos mil años de historia, Federico Udina y José M. Garrut).  

 

En la primera mitad del siglo III  de nuestra era, la espléndida, artística y rica ciudad, no amurallada, fue devastada en una incursión de los “bárbaros” germanos. No obstante, tras renacer de sus ruinas levantaron sólidas murallas para proteger al territorio romano de un nuevo intento de penetración.

 

En un escrito grabado en piedra, encontrado en el año 1903 en la montaña de Montjuïc,  se describe como el magistrado romano Caius Coeliu, el más antiguo de los ciudadanos romanos de Barcelona,  ordenó la construcción de la primera muralla romana en esa ciudad, fortificación ésta de estructura rectangular y ángulos recortados que  ocupaba unas diez hectáreas.

 

Dicha defensa, de 1270 metros de contorno y construida con piedras extraídas de Montjuïc, presentaba ochenta torres y  cuatro puertas que daban al centro de cada lado de la ciudad: a la actual Plaza nueva, Plaza del Ángel, calle del Regomir y a la de Fernando. Con un plano de la ciudad de  Barcelona es posible imaginar el perímetro de las murallas romanas del siglo IV. Enumeramos a continuación  su recorrido, con los nombres actuales: Avda. de la Catedral, calle de la Tapinería, plaza de Ramón Berenguer, plaza del Ángel, calle del subteniente Navarro, plaza dels Traginers, calle del Correo Viejo, calle de Avinyó, calle de los Baños Nuevos y plaza de la Paja.

 

  Dos calles enlazaban las cuatro puertas, que representaban las vías mayores de la urbe: el “decumanus maximus”, desde el lado de la montaña hasta el mar, y el “cardo maximus”, perpendicular a la primero.

 

Las calzadas romanas o romanizadas, contemporáneas a Barcino, fueron éstas: la que atravesaba el Vallés por Arrahona (Sabadell),  posiblemente anterior a la Colonia Faventia; el camino que por los extremos montañosos bajaba hasta la urbe a las puertas de la muralla, sendero que enlazaba Roma y Tarraco con Barcelona; el de Sant Cugat, por el valle de Sant Medir,  la vía Travesera o Francisca que probablemente era un atajo entre los ríos Llobregat y Besós; y el camino del litoral o de la costa que unía Vilassar, Barcelona y Tarragona, conocida como la vía Augusta.     

 

Para  controlar su vasto Imperio, Roma hizo construir una red de vías o calzadas para enlazar entre sí la capital con las principales ciudades de sus dominios; caminos realizados en sus principios con fines exclusivamente militares que facilitaron  las marchas, aprovisionamientos y transportes de sus legiones. Estas vías, juntamente con los anfiteatros  y acueductos, deben  considerarse como  obras monumentales de marcado carácter público.

 

De la grandiosidad de esos caminos, cabe citar la que, partiendo de Roma y atravesando los Alpes y  los Pirineos, llegaba hasta  Tarragona, para continuar después hacia Cartagena. De allí se extendía, bifurcándose, hasta Cádiz y Sevilla.

 

“Para la construcción y pavimentado de las calzadas se procedía de la forma siguiente: Señalada la traza del camino, se comenzaba por cavar dos zanjas paralelas entre las cuales se excavaba  lo que había de ser el lecho para el firme de la carretera. La anchura comprendida entre las zanjas paralelas variaba según la importancia del camino, oscilando entre los quince y ocho pies.

 

Hecha la excavación del lecho, si la naturaleza del terreno no ofrecía asiento permanentemente firme, se fortificaba con cuantos medios se tuviesen a mano, llegandose a clavar pilotes como ultimo recurso. Después se procedía al  relleno con piedras  del tamaño mayor   que la  mano del obrero pudiera abarcar y, luego, con una mezcla de piedras y cal,  se formaba una capa de nueve pulgadas de espesor, apelmazandola con pisones de madera. Después se asentaba otra capa construida por una mezcla de    ladrillo  cocido  machacado y cal,  que llamaban núcleo, de seis pulgadas de espesor y sobre todo ello se afirmaba el empedrado, generalmente formado por losas poligonales de lava o pedernal, ajustadas cuidadosamente  unas a otras y tan unidas,  que sin necesidad de metales ni argamasas formaban un  todo único, como si fuera una sola pieza. En algunas porciones de calzadas romanas aún se pueden apreciar trozos de pavimentos en la forma descrita, pero en  la mayor parte de los restos subsistentes las losas se han aflojado por la acción del tráfico y de los agentes atmosféricos.

 

A ambos lados de la calzada había aceras o márgenes para los peatones, hechas con grava o cascajo bien afirmado, fuera de las ciudades y, dentro de éstas, especialmente en Roma, con losas de piedra muy dura. El centro o eje de la calzada quedaba un poco más elevado  que el resto de la vía, formando lomo para que el agua escurriese hacia los lados, donde había cloacas o alcantarillas con cañería, de trecho en trecho, para el desagüe.

 

También a intervalos, en los bordes de la calzada, existían bloques de piedra caliza que servían de pretiles y de asientos o bancos para la gente de a pie.

 

En sitios convenientes, y siempre a los lados, se instalaron otros resaltes o bancos de piedra para comodidad de los jinetes, o sea, para que pudieran montar y desmontar más cómodamente. Cayo Graco hizo colocar piedras miliarias (1) pero sin un origen común y fijo hasta que Augusto hizo plantar en el centro del Foro el milliarium aureum, que Vespaciano consolidó más tarde. En estas columnas miliarias, se consignaban, además de las distancias itinerarias, los nombres de los emperadores que habían ordenado la construcción o reparación del camino, y los de los magistrados que habían cuidado de la realización de las obras. Y, en su caso, los de los particulares que habían contribuido al beneficio, con las fechas y circunstancias en que se habían efectuado las mejoras”.

 (“Como se viajaba en el siglo de Augusto”,  Vicente Vera. Calpe, 1925).

 

(1) Miliar: columna o piedra que indicaba en la antigüedad la  distancia de 1000 pasos.

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EL ABASTECIMIENTO DE AGUA A BARCINO

                                                                                        

En al año 107, por una inscripción contemporánea a la obra, nos dice el ilustre historiador Agustí Duran i Sanpere, en el tomo II de “Barcelona i la seva història”,  “que Luci Minice Natal y su hijo  Quadroni Ver, construyeron unas termas y las proveyeron del agua traída de la montaña, valiéndose de un acueducto. Por otra parte, en documentos del año 1017, se explica que por aquellos arcos antiguos y en tan mal estado había corrido el agua. Pero lo que sí es un testimonio indudable, es que los restos que aún persisten dan fe de su  existencia.

 

Fragmento de un dibujo donde se aprecian los dos acueductos que abastecían a Barcino.

I.M.H

 

 

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Cuando se restauró a fondo el muro de la catedral, cual no sería la sorpresa al encontrarse con dos acueductos, ambos anteriores a la construcción de las murallas; y debe suponerse que uno de ellos fue inutilizado, seguramente el que proveía de agua a las termas donde después se edificó la iglesia de Sant Miquel”.

 

Las aguas, con  caudales suficientes,  entraban a la ciudad amurallada procedentes de los manantiales de Montcada y Collserola. Además de sus purezas, sus alturas permitían las suficientes inclinaciones para conducirlas a través de dos acueductos que se unían en la parte más elevada del monte Táber, fluyendo a la urbe por la puerta de la plaza Nueva.

 

Por su especial  importancia, en una obra dedicada al agua, debemos extendernos en la descripción de las técnicas utilizadas en la construcción de los acueductos romanos.

                  

El primer acueducto, el Aqua Appia, se empezó a construir por mandato  del censor Apio Claudio Craso, llamado más tarde Caecus,  en el año 313 antes de nuestra era. Este acueducto, que tomaba el agua a 16 kilómetros de Roma, aportaba a la ciudad 73.600 metros cúbicos diarios.

 

Para la elección del punto de inicio de un acueducto debía encontrarse un lugar elevado donde la abundancia y pureza del agua estuviese garantizada, sobre todo en épocas  de escasa pluviosidad, aunque no tan  bajo que facilitase  el transporte  de limos. Después, el agua se sometía a un proceso de decantación antes de efectuar, a veces, un largo recorrido entre el depósito grande de salida llamado “castellum” y el del final del acueducto.

 

Asimismo, en lugares áridos, donde se sospechaba que los manantiales o ríos  no podían garantizar la regularidad del  abastecimiento, los ingenieros romanos construían embalses a cielo abierto, aguas  que vertían con posterioridad al acueducto.

 

“En España, por ejemplo, tres grandes presas de tierra garantizaban la regularidad del caudal de los acueductos de Toledo y Mérida. Los dos embalses de Mérida, con toda probabilidad, construidos en tiempos de Trajano, medían respectivamente 194 y 427 metros de largo, con una altura de 15 metros en el primer caso y 12 en el segundo; en cuanto al de Toledo, cuyas obras se llevaron seguramente a cabo en el siglo II, tenía 14 metros de alto y 550 de largo. En todos estos casos se trataba de presas de gravedad, en las que la tierra podía reforzarse con muros internos y coladas de morrillo (2) u hormigón. En Cornalvo, junto a Mérida, el embalse estaba provisto, río arriba y río abajo, de taludes que le permitían resistir tanto  la presión del agua cuando se llenaba, como a su propio peso, cuando las reservas eran escasas o se habían evacuado”.

 (“Los romanos y el agua”, Alain Malissard).

(2) Morrillo: piedras redondeadas por el arrastre de las aguas. 

 

Entre los depósitos de origen y final, el agua se deslizaba por una acequia o canal que recibía el nombre de “specus”.     

Los “specus”, prácticamente cerrados, permitían un mayor espacio para el trasiego del  agua por las tuberías; conducciones éstas destinadas,  a modo de sifón, para salvar las grandes depresiones de  terrenos donde la construcción de  acueductos no era posible. Dichos “specus” se solían excavar en la piedra o en el suelo, enterrados en gran parte. Cuando las zonas a atravesar por el acueducto lo requería, y a fin de sostenerlo,  debía situarse sobre arcos.             

 

“La forma de los “specus” romanos se ajustaba en general a un mismo modelo. El perfil era rectangular, en ocasiones elíptico y excepcionalmente ovoide o trapezoidal; Las galerías tenían siempre suficiente altura como para que un hombre pudiera penetrar en ellas.

 

La hermeticidad de la obra se lograba con aplicaciones de“opus signinum”, la famosa argamasa roja que encontramos en todas las instalaciones hidráulicas de los romanos; con ese mortero  se revestía el fondo y las paredes del canal hasta una altura que variaba según la corriente de agua,  extendiendose en general unas cuantas capas de composición cada vez más fina; podía acabarse el trabajo o pintandolo todo, como al parecer se hizo en el acueducto de Nimes”.

 (“Los romanos y el agua”, Alain Malissard).

 

El mayor problema a salvar se presentaba a la hora de determinar la pendiente y la longitud del “specus”, ya que el agua debía descender regulando su rapidez, para que el líquido elemento bajara por efecto de la gravedad y no por la presión.

 

“Para Levantar Los arcos, los arquitectos empezaban por instalar unos pilares, dándoles cimientos estables y la altura necesaria y dejando provisionalmente libres sus impostas. (3) Entre dos pilares colocaban luego una cimbra de madera, apuntalándola verticalmente  en el suelo, y haciéndola descansar por los lados sobre las impostas; apoyándose en la cimbra, construían entonces un arco de piedra que servía ya de armazón y sobre el cual montaban un encofrado en el que se colaba, horizontalmente y a lo largo de los pilares, el material de revestimiento del arco. Sobre esta base podían levantarse otros arcos, si se juzgaba necesario, o se colocaba directamente el “specus”. En realidad, los arcos sólo tenían por objeto elevar el conjunto de la obra; a todos se les daba la misma altura y en el ultimo momento se establecía con toda facilidad la pendiente del canal haciendo los indispensables  ajustes, que consistían en inclinar mas o menos el nivel del encachado sobre el soporte”.

“Los romanos y el agua”, Alain Malissard.

(3) Imposta: Parte superior de un pilar de donde arranca un arco.

 

Escribió Frontino, “que la mayoría de los acueductos vertían las aguas en las “piscinae limariae”, para distribuirlas  a las viviendas a través de un artificio denominado por Vitruvio “triplex inmisarium”. El agua llegaba a sus destinos a través de tuberías de plomo, calibrados en función a los caudales a suministrar, y generalmente por medio de grifos donde la cámara y el macho eran de bronce, y la llave representando la cabeza de un animal. (Grifo es, también, un animal fabuloso, mitad águila, mitad león).

 

Marco Lucio Vitruvio, arquitecto romano del siglo I a. C., fue el autor del tratado de Architectura. De esta obra, de gran influencia en el Renacimiento,  recuperamos varios fragmentos del LIBRO OCTAVO DE ARQUITECTURA  por su gran interés en el tema que nos ocupa y, como no, por tratarse de un texto con más de dos mil años de antigüedad.

 

“El agua se puede conducir a través de zanjas, por obras de albañilería, por cañerías de barro, o por tuberías de plomo; aunque deben seguirse  las siguientes reglas:

 


Si se condujera el agua a través de zanjas o canales, las obras de albañilería deberán ser lo más sólidas posible, con una pendiente de por lo menos un cuarto de pulgada por cada cien pies de longitud; siendo  necesario cubrir con bóveda la construcción, con la finalidad de que el sol no incida sobre el agua. Una vez  ésta llega a la muralla de la urbe, deberá construirse un depósito, y, unido al mismo, otro con un mínimo de tres arcas de agua. El depósito constará de tres tubos distribuidores del agua comunicados con el interior de las cambijas (arcas de agua elevada sobre las cañerías que la conducen), abastecidas por estos canales, y  dispuestas de forma que al abundar el agua, la cambija del centro recibirá la sobrante en las otras dos; dirigiéndola por las cañerías hasta los lavaderos y  surtidores. El agua de una de las dos cambijas partirá hacia los baños públicos, de los que la ciudad percibirá una renta anual. El agua de la tercera, se derivará hasta las casas particulares,  de forma que haya suficiente para el público, en  evitación de ser desviada de su curso, al ir, directamente, por acueductos especiales. Esta distribución que indico  es con idea de que los particulares, a quienes se les haya concedido agua para sus casas, paguen  una cantidad al Erario.

 

Si el terreno  fuese de rocas  o de toba (piedra caliza porosa), se abrirá sobre el mismo el acueducto; pero si el suelo fuese de tierra o arena, habría que realizar una galería cubierta de bóveda;  por donde se deslizaría el agua,  abriendo pozos separados uno de otro ciento veinticinco pies.

 

Si el agua tuviese que discurrir por tuberías de plomo, primero habrá que construir un deposito cercano al manantial, y en función al caudal de agua se elegirían los diámetros internos de los tubos. A partir de dicho depósito se extenderán las tuberías hasta el que está a la entrada de la ciudad. Estos tubos deberán  tener una longitud no menor de diez pies cada uno.

 

El acueducto realizado mediante  conducción  de plomo se regulará así: Si desde el nacimiento del agua hasta la ciudad existiera una pendiente  continua, no obstaculizada por montes, se rellenará   con  obras  de  albañilería la depresión de  los valles, manteniéndose, para las pendientes, las normas establecidas  en  la construcción de acueductos. Pero si en su recorrido   la conducción encontrara montañas, sería necesario que la tubería vadeara la elevación, por supuesto, si no fuese excesivo el rodeo.

 

De interponerse en el trazado de la tubería grandes valles, se adaptará la conducción sobre la ladera de la montaña y,  a cierta distancia del fondo, se apoyarán los tubos sobre obras de albañilería no muy alta;  solamente lo imprescindible para que el agua, tras atravesar  el valle, pueda ascender hasta la ladera. Esta obra la denominan  “vientre”, algunos autores.

 

Una vez alcanzado el lado opuesto, la tubería, debido a la longitud de este “vientre”, obligará al agua aprisionada a subir con suavidad a la cima de la rampa. De no realizarse este vientre en los valles,  ni se hiciera una construcción a nivel, se forzaría un codo violento y el agua reventaría y desharía las uniones de los tubos. Conviene, además, en este  vientre, construir respiraderos para permitir escapar el aire comprimido en la canalización.

 

Cuando exista un desnivel, no importante, desde los manantiales hasta los muros de la urbe, es conveniente abrir unos registros, separados uno de otro unos cuatro mil pies, para poder solventar cualquier  avería sin necesidad de revisar toda la instalación. Estos registros no  deberán ser practicados ni en los desniveles, ni en la zona del “vientre”, ni en las pendientes donde el agua forzosamente tiene que volver a ascender, ni en la profundidad de los valles; sino  donde la conducción se sustente sobre un nivel igual, durante un tramo prolongado.         

 

Las tuberías de barro tienen la ventaja de que  si produce alguna rotura, es fácil de solucionarla y, además,  el agua es  más saludable en su contacto con el barro que con el  plomo. Este metal contiene albayalde (carbonato de plomo empleado en la pintura),  nocivo para el  hombre. Como  ejemplo, la tez pálida de los plomeros es consecuencia de soplar el plomo para licuarlo; el vapor  desprendido se introduce  en sus articulaciones, consumiéndolas y  extrayendo de ellas  el vigor de su sangre. Por lo que no es aconsejable hacer pasar el agua por tuberías de plomo que, además,  no tendría tan buen sabor como las conducidas por barro; prueba de ello es que a pesar de que muchos disponen de preciosas vajillas de plata en sus mesas, prefieren beber en vasijas de barro”.

“Libro Octavo de Arquitectura”, de Marco Lucio Vitruvio.

Traductor: Agustín Blánquez).


 

Grifo romano de bronce

Museu de l'aigua.

Vilanova del camí

Debemos conocer, también, lo que escribió Sexto Julio FRONTINO, supuestamente nacido en el año 30 d. C., Pretor (magistrado romano) en el año 70 d. C.; y que ocupó otros cargos de mayor rango, tal vez por su procedencia patricia o noble; ostentando el  cargo de Inspector General de las Aguas, en el año 97, designado por el  emperador Nerva.

 

 

Desde el principio de su nombramiento revisó, sobre el terreno, los nueve acueductos que abastecían a Roma; controlando personalmente sus mantenimientos, aforos, distribuciones y legislaciones. Con su experiencia redactó el libro “AQVAEDUCTV VRBIS ROMAE” (Los acueductos de Roma).

 

Tras otorgársele el cargo, Frontino manifestó: “Puesto que toda empresa recomendada por el Emperador requiere una atención muy especial y mi inquietud natural, o mejor mi alto sentido del deber, me estimulan no sólo a realizar con exactitud sino también a amar el trabajo que se me ha confiado, y ya que ahora Nerva Augusto, emperador no sé si más resuelto o enamorado del Estado, me ha encargado de la administración de las aguas, cargo que concierne no sólo al provecho sino también a la Sanidad e incluso a la seguridad de la Urbe (servicios de incendios), y que fue desempeñado por los más relevantes ciudadanos, considero que mi primera y principal obligación es conocer lo que tengo entre manos, como tuve por norma en mis otras actividades...”.

(“Los acueductos de Roma”, traducción de Tomás González Rolán).

 

Según Frontino, los calibres de distribución de los acueductos se  establecían  con la medida de los dedos o pulgadas.  El dedo era la decimosexta parte del pie y la pulgada la duodécima, existiendo una pequeña diferencia entre ambas medidas; como también la había entre el dedo  cuadrado y el redondo.

 

Parece ser que Marco Vipsanio Agripa, general y almirante romano, según algunos autores, o por los fontaneros (técnicos, tanto públicos como del imperio, para la seguridad del servicio y mantenimiento) por indicación del arquitecto romano Vitruvio, según otros, se estableció en Roma el “tubo de cinco” o quinaria (4); nombre éste que corresponde a una 5/4 de un dedo; la senaria, “tubo de 6"; la septenaria, “tubo de 7"; en progresión hasta la  vicenaria, “tubo de 20"; sumando en total 25 calibres de distribución.

 

Los contadores de agua eran unos calibres de bronce que se colocaban en el interior de una conducción o depósito al que se ajustaban las tuberías de distribución. Seguramente de utilizó bronce por su dureza a la manipulación, a fin de evitar los fraudes.

(4) Un quinario es, aproximadamente, 40,6 metros cúbicos cada 24 horas.

 

Dentro del ordenamiento jurídico para salvaguardar la conservación de los acueductos y evitar el desvío ilegal de sus aguas,  se ordenó, entre otras disposiciones legales, “que ninguna persona privada encauce otra agua que la que cae del depósito a tierra, [...] es decir, el agua que ha rebosado del depósito, a la que nosotros llamamos excedente. Y esta misma agua no se concedía para ningún servicio que no fuese el de los baños y lavanderías; y se había fijado un impuesto que debería pagarse al tesoro público”.  [...] “que nadie fraudulentamente contamine el agua, allí donde brote para el público. Si alguien la ensucia, impóngasele una sanción de diez mil sestercios.

 

El que quiera encauzar agua para usos privados deberá solicitarlo y presentar ante el inspector un título de concesión imperial, [...] ...pero especialmente no debe permitir la libre opción de conectar cualquier tubo de plomo, sino de la misma sección con la que el partidor fue precintado...”.

(“Los acueductos de Roma”, traducción de Tomás González Rolán).       

 

En la  construcción de alcantarillados, también destacaron los romanos. A tal efecto y para ilustración del lector, reproducimos un breve texto  de la obra “Barcelona i la seva història”, de Agustí i Duran i Sanpere:

 

“El día 3 de febrero de 1928, un ciudadano que pasaba por la calle de la Palma de Sant Just observó como unos trabajadores, para abrir paso a una nueva canalización subterránea, destrozaban un pavimento  de mosaico que le pareció de la época romana. Sin pensárselo, fue a la Casa de la Ciudad, donde dejó una tarjeta dirigida al alcalde, Barón de Viver, en la que hacía la denuncia de lo que había visto un rato antes. Requerido el parecer del Archivo Histórico, las obras destructivas de la calle de la Palma de Sant Just fueron  paradas, se organizaba la defensa del mosaico y fue estudiada la manera de extraerlo del subsuelo y llevarlo al Museo Arqueológico.

  El mosaico era un verdadero y muy interesante mosaico romano. La tarjeta del buen ciudadano ponía su nombre: Josep Antoni Brusi; era el último representante activo de los Brusi, fundadores del “Diario de Barcelona”.

 

El descubrimiento del mosaico había iniciado la exploración sistemática de la calle y de buena parte del barrio.

 

Más abajo apareció la alcantarilla en dirección coincidente con la actual calle de  Bellafila; después doblaba en ángulo recto y seguía la calle de la Palma adelante. Debía creerse,  entonces, que esta calle, en la dirección que toma desde la esquina de la calle de Bellafila, coincidía con la calle de la ciudad romana, de la cual era conservada una serie de pilares que señalaban el curso de un porche o una pared perdida: Era la primera vez  que podíamos comprobar en Barcelona la supervivencia de una calle romana en el curso de una calle actual.

 

La alcantarilla estaba formada por paredes laterales, con piso de  tejas y cubierta de losas transversales. Eran visibles en el interior diversos imbornales(5) a una y a otra banda de la calle”.

 

(5) Imbornales: Agujeros de desagües practicados a cada lado de las calzadas.

 

No hemos de olvidarnos de la importancia de las termas romanas en la ciudad de Barcino. En el subsuelo de la plaza de Sant  Miquel pueden ser contempladas las estructuras públicas de las principales termas de la Colonia Faventia, construidas y donadas a la urbe por Luci Minice Natal.

 

“A una estructura tan sencilla podían naturalmente añadírsele muchas cosas: salas para jugar a la pelota y otras para abandonarse entre las manos expertas del masajista o las más temibles del depilador; mármoles, mosaicos, obras de arte, surtidores, grandes piscinas para nadar al aire libre, vastos espacios donde practicar deportes,  paseos,  pórticos,   salones  de descanso, “bares”, bibliotecas, teatros y jardines, así como la presencia de una administración discreta y benévola, el acceso gratuito, el fasto y la belleza. En torno de aquel recorrido que aliaba la salud y la higiene con el placer, era posible crear auténticos “paraísos” emulando a los de los príncipes o reyes de Persia y construir inmensas “casas del pueblo” que ponían al alcance de las masas el lujo y esplendor de las más ricas residencias privadas”.

“Los romanos y el agua”, del apartado

El milagro de las termas, de Alain Malissard.

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