Los edificios enfermos

El duque de la Rochefoucauld escribió que el mismo orgullo que alentaba nuestra vanidad también nos serviría tarde o temprano para moldearla. Un gran ejercicio de humildad por parte de este escritor que, como aristócrata, participó en la fallida Fronda de los príncipes. Y es que en ocasiones quizá nos sintamos los dueños de la creación cuando, como mucho, lo podríamos ser de nuestro personal microcosmos, siempre debido a la pequeña parcela de poder que ostentemos, y siendo la realidad que solo la detentamos y en cualquier caso de manera efímera. Hoy ya constatamos los efectos sobre la naturaleza de nuestra forma de vida, y pronto veremos hasta qué punto se ha de transmutar ésta para luego continuar, o si, en algún momento, antes del colapso de la civilización, habría que dejar las inercias para sobrevivir.

De lo que en verdad somos menos conscientes es de los riesgos de ciertos diseños arquitectónicos y, en concreto, de la tendencia a la estanqueidad en las sedes de grandes empresas u oficinas. Un colosalismo que se mantiene desde hace décadas y que se justificaría en evitación de pérdidas térmicas o ruidos externos, lo que a su vez los convierte en herméticos y, por tanto, más insalubres.

La cuestión, pues, es si no resulta más sano introducir aire puro en todas las construcciones y no proceder luego a extraer el viciado, que es lo que suele hacerse. La OMS reveló en 1984 que debían de existir un 30% de inmuebles nuevos o remodelados y calificables como enfermos por provocar problemas de salud a sus ocupantes, tales como irritaciones en vías respiratorias o en los ojos, alergias, jaquecas, mareos, náuseas, etcétera.

Poco parece que se haya hecho al respecto pese a que, junto a la malsana e insuficiente ventilación, las causas están estudiadas y no son otras que una descompensación de las temperaturas, elevadas cargas electromagnéticas e iónicas, partículas en suspensión o gases y/o aerosoles de origen químico.

Lo cierto es que siguen existiendo casos en los que se procede al desalojo de edificios enteros. El último descrito: 165 afectados en Barcelona por el síndrome de la lipoatrofia. Por eso François de la Rochefoucauld explicaba además que nuestro posible arrepentimiento ante la propia acción no sería tanto pesar por el mal causado como temor del que pudiere sobrevenirnos.

Diario Córdoba 14/11/2007

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